Viviendo la tormenta


Cuando  en  el  día  a  día,  es  de tardecita  uno  ya  va  rumbiando  para la  casa, o  pensando  en  llegar.  Y cuando uno llega a su casa, se pone cómodo, se siente tranquilo, seguro, se dispone a descansar. Y ello es bueno, hace Bien pero el tema es cuando  vivimos las 24 horas de cada día instalados en ese modo de vivir, cuando nos acostumbramos a estar vivos y pensamos "que ya estamos de vuelta", "que ya nada nuevo puede suceder". 

Pero Jesús en su astucia, en medio de ello viene y nos propone cruzar hacia la otra orilla, nos invita a salir de la pachorra, a ponernos en movimiento. Y capaz por dentro pensamos, "pero estoy re bien así ah, está todo tranqui" Y es por ello mismo que Jesús nos provoca a saltar de ese estancamiento, en el dinamismo del Amor que nos pone en movimiento.

Y  vamos,  pero  salir  de  lo  de  siempre  implica  arriesgarse  ante  tanta incertidumbre,  animarse  a  ir hacia lo desconocido, a la novedad de la Vida. Y esto nos descoloca, porque es abrirse a no saberlo todo pero también a volver a aprender  y crecer. Como cuando uno anda por una zona de la ciudad que tal vez no le es  familiar, donde no conozco las calles,  la numeración, qué colectivos pasan por allí. Y esto nos sacude, nos desconcierta, desmorona nuestras seguridades y aquí, descubriendo nuestra vulnerabilidad acompañada de preguntas, dudas, es donde se cuela la Vida. 

La  Palabra  dice  que  los  discípulos  asustados  despertaron  a  Jesús  con un  Maestro.  Y  esto  más  que despertarlo a Él los despertó a ellos. Le llamaron Maestro por que  Él es el que nos enseña a vivir y nos recuerda que así como Él invitó a ir a la vereda de enfrente, Él va con nosotros. Él es Presencia que acompaña y cuida, Él no se desentiende por lo que nos está pasando hoy. 

Parecería que en la actualidad  hay que aspirar a estar siempre tranquilos  y que para ello  "nos resbalen" ciertas  cosas,  para  no  permitir  que  las  tormentas nos  afecten.  Pero  a  veces  las  tormentas,  los nubarrones, los días grises son necesarios.  Por  más  que  el  viento  nos  zarandee  fuerte  y  desparrame nuestras  estructuras también  nos  recuerda que estamos vivos y que necesitamos de Dios. 

Son encrucijadas tal vez algo molestas pero también vitales porque al final las tormentas dan paso a tiempos tranquilos y están repletas de oportunidades.

Si  estás  pasando  ahora  por  una  tormenta,  Dios  está  con  vos,  ahí con lo  que  parece  sólo  viento  en contra, ahí donde no se ve mucho por el polvillo que el viento levanta. Dios está en tu cansancio, en tu lucha, en tu búsqueda  y Él es capaz de  increpar con vos, si lo dejas, aquello que te da miedo. Y así vivir en paz, la tormenta y crecer. Habrá arco iris.

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