Entregando lo que me pesa



Llegué, entré y te lo dije todo: mis tristezas, mis pesares, mis debilidades, mis miedos, las cosas que ya no quiero, lo que no he logrado, las que no suelto, aquello en lo que no avanzo.
Gritando en silencio, con el corazón arrodillado, herido de miedos, te lo dije todo. Todo.
Y Vos, permaneciste. Te quedaste, no atajaste ni esquivaste mis quejas.
Y sin quebrantar el silencio y abrazando mi vulnerabilidad, me dijiste una sola Palabra y fue: ¡GRACIAS!
Habías estado esperando que te entregue toda esa carga, me estabas aguardando para seguir haciéndome libre en cada rincón de la historia de mi presente de hoy y del que vendrá...

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