El árbol



Estaba ahí, todos los días. Sol, lluvia, frío, calor. Firme permanecía y desde hacía mucho. 

Testigo privilegiado de tanta vida que marchaba a su alrededor. La gente moviéndose sin parar queriendo llegar a Dios sabe dónde, era el paisaje cotidiano.

Y un día uno se detuvo y preguntó: ¿acaso es un árbol de ciruelos?
Al día siguiente, otra persona se hizo la misma pregunta. Después una vez más un caminante, tuvo el mismo interrogante. A los días, otra persona pero fue por más y probó el fruto. Hoy nuevamente escuché las mismas palabras.
Todos eran distintos, sin embargo sin saberlo eran cada uno eco del otro, hasta llegar al primero que se hizo la pregunta.

La respuesta no era tan fácil de descubrir puesto que los frutos sólo estaban en la parte superior de la copa del árbol.

¡FEliz eco signo de que la costumbre y la rutina no se han llevado la sorpresa y la mirada siempre nueva sobre los caminos una y mil veces recorridos!

¡Bendición para mí haber recibido las mismas preguntas de tantos!

El primero que se lo preguntó fue un amigo sacerdote atento a la Vida...

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