Effetá


Cada vez que mi corazón sólo se mire a sí mismo:
¡effetá!
Cada vez que mis oídos estén llenos de ruidos:
¡effetá!
Cada vez que mi mirada juzgue:
¡effetá!
Cada vez que mis pies estén desorientados:
¡effetá!
Cada vez que me olvide de Tus bienaventuranzas:
¡effetá!
Cada vez que escuchar a un hermano me resulte cansador:
¡effetá!
Cada vez que quiera abandonar el Camino:
¡effetá!
Cada vez que me esconda en un rincón:
¡effetá!
Cada vez que desconfíe de Tus promesas:
¡effetá!
Cada vez que me aleje atad@ por el miedo:
¡effetá!
Cada vez que me acostumbre a la belleza de la Creación:
¡effetá!
Cada vez mis impulsos se guíen por el orgullo:
¡effetá!
Cada vez que ponga en duda todo lo bueno:
¡effetá!
Cada vez que la tristeza me visite e intente quedarse:
¡effetá!
Cada vez que esquive la oportunidad de darme:
¡effetá!

¡Sí, Señor ¡effetá!!
¡ Ábreme cada vez que me esté cerrando 
a amar, a ser amad@, a dar, a recibir, a construir, a crecer, 
a ser FEliz!

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Ábrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.» 
Mc 7, 31- 37

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