Un saludo


Los colectivos de línea suelen dar siempre los mismos recorridos.  Apuesto hasta que los conductores ya saben quién se sube aquí, a qué hora entra a trabajar él y dónde tiene que bajarse el niño que viene dormido del colegio. 
Me pregunto si ellos tomarán dimensión de su trabajo, y más que trabajo de su misión. 
Diariamente ellos no solamente dan vueltas una y otra vez, pasando varias veces por un mismo lugar sino que transportan personas. Personas que llevan consigo historias, historias que envuelven vidas. Y uno lleva tanto en el corazón que traspasa y se nos muestra en la forma de caminar, de mirar, de movernos. A veces andamos agitados, en otras con una caminar más lento, a veces contentos en otras preocupados. Andamos y nuestro andar revela cómo estamos.

Pero hoy, me trajo hasta aquí compartirles un bello milagro de lo extraordinario de lo cotidiano. 
Como mencionaba al principio, los ómnibus realizan el mismo recorrido y ello significa que transitan por las mismas calles, frente a las mismas casas, formando ya parte del paisaje cotidiano. Y lo maravilloso que ocurre, es que en varias oportunidades he sido testigo privilegiada de la escena en la que el abuelito que está sentado en la puerta de su hogar, apoyando su vida en un bastón, con mirada contemplativa levanta su mano encontrando respuesta en el saludo amable del conductor del colectivo. Sucede en segundos y celebro éste milagro en el que dos personas que probablemente no se conozcan se saludan, encontrándose entre sonrisas y miradas, enseñándonos cuánto de Vida tiene cada segundo, y cuántos segundos éstan llenos de milagros que nos quieren hacer protagonistas del Amor más puro.


Distintos son los protagonistas que escriben ésta historia en la ciudad.
Pensar en el abuelo me llevó al Principito, imaginando que está ahí, en la puerta de su hogar con las puertas abiertas de su corazón esperando ése colectivo que está por pasar, por ése saludo que va a llegar  y se va a unir con el suyo...


Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; comenzaré a descubrir el precio de la felicidad. En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón… 
El Principito

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